Mi tío Víctor
Ensayos y novelas de tesis
El único error es tomarse demasiado en serio. ¿Alguien más piensa que una persona convencida de lo que dice se ve patética? Estas personas suelen usar términos como «obviamente», «no podría ser de otra manera», «lógico», «es una cuestión de sentido común», «es evidente», «es así», «así es», «es», «sí», «no». O sea, ¿todos? Esperen un momento.
Estas personas creen que el conocimiento llega por intuiciones: no lo saben, pero «tiene que ser así». Otras veces, cuando el conocimiento es técnico o académico, ocurre lo contrario: el mundo es lo que saben, y no podría ser de otro modo.
Si la persona es un estudioso o técnico en determinada área, la pretensión nos molesta un poco menos. Esa persona sabe lo que dice.
A mí no me deja de parecer patético. Me incomoda escuchar a alguien con intención de adoctrinar o informar. Sobre todo, cuando «sabe» lo que dice. Simplemente, patético. A mí las personas que saben me parecen imbéciles —hasta que mi vida depende de ellas—.
Es algo que solo me ocurre cuando los veo, los escucho o los leo. En general, no suelo pensar en ellos: en mis profesores, en los médicos, en los abogados, en los agentes inmobiliarios, en el tipo del bar que habla de política, en los reporteros, en los que hacen podcast, en los autores con los que trabajo.
Además, por si no bastara con escucharlos hablar sobre sus temas, a muchos les cuesta trazar una frontera entre áreas de conocimiento. Creen que saber de física, por ejemplo, les da autoridad para decir algo sobre Dios, como si pudiera entenderse con una lógica matemática o empírica. O que un médico puede hablar con más sentido sobre la vida, sin tomar en cuenta que vida es justo un concepto que dan por sentado todo el tiempo.
Esta gente habla, escribe, da consejos, opina, respira. Son simplemente patéticos.
Yo, he de admitir, también soy patético. Obviamente, por supuesto, es de sentido común, sí, no, así es-es así, es, sí, no; los digo todo el tiempo. Yo soy —creo que todos lo hemos sido en alguna ocasión— como mi tío Víctor.
Para que se haga una idea, mi tío Víctor era un tema poco constante en mi familia, pero siempre que hablábamos de él era para burlarnos. También lo usábamos de ejemplo de «cómo no ser»; incluso de insulto: «suenas como Víctor», «eres como Víctor», «sí Victorcito/a, sí». Ser el tío Víctor era equivalente a ser terco e ignorante. Hablar con completa seguridad sobre temas de los que no se tenía ni la menor idea.
El tío Víctor vendía serpientes de contrabando. Había habilitado todo un piso de su casa —el segundo— para encajar los terrarios en las paredes. Él mismo había construido las estanterías a lo largo y alto de cada muro, sin necesidad de usar una escalera. Medía casi dos metros, era corpulento, tirando a obeso, moreno y calvo. Recuerdo que una vez logró levantar con su meñique una mesa de madera —de esas antiguas, talladas, con bordes serpenteados— solo para demostrar su fuerza. Le gustaba mostrar las palmas de las manos extendidas, tal vez para que viéramos que en ellas podía sembrar un árbol. Tenía los ojos muy pequeños —de verdad, muy pequeños—, igual que las orejas. O quizá era la cabeza demasiado grande. El tío Víctor daba miedo, hasta que hablaba.
No por lo que usted ya sabe —la ignorancia o la terquedad, que en realidad lo hubiesen hecho peligroso—. No, el tío Víctor fue víctima de la ironía de la naturaleza: tenía la voz aguda. Más bien chillona, como el pingüino de Toy Story antes de ser reparado. Para ser justos con él, podría haber dicho cosas con sentido, pero con esa voz era imposible tomarlo en serio. Solo le faltaba llamarse Francisco para decirle Paquita.
Tal vez era por su voz chillona que el tío Víctor se dejaba pegar por mi tía, pero eso es un asunto que no trataremos en este momento.
Tengo un recuerdo específico. Estábamos en la cocina de nuestra antigua casa: mi madre, mi hermana, el tío Víctor y yo. Mi papá lo había contratado para construir su biblioteca —con un parecido evidente al serpentario ilegal—. Comíamos milanesa en silencio. Miré el patio a mi espalda, visible si ladeaba un poco la cabeza hacia la izquierda, y pregunté por qué el césped era verde. Él enseguida explicó que era por la clorofila. Nos contó que era la sustancia que, además de darle el color verde a las plantas, les servía para producir su propio alimento utilizando la luz del sol. La famosa fotosíntesis.
Mi madre volteó los ojos y resopló, negando levemente con la cabeza. Mi hermana, por su parte, evitó levantar la vista del plato para no reírse. Él se quedó callado, seguro de lo que había dicho. Hubo un silencio incómodo, así que le pedí que siguiera. Ignoré la mirada inquisidora de mi madre. No lo alientes, hijo, quería decir. Él continuó con la explicación: la clorofila absorbe la luz y la utiliza para convertir el dióxido de carbono y el agua en glucosa.
Al despedirnos de él, mi mamá me regañó. Me dijo que alentar a un pendejo era, precisamente, la mayor pendejada que se podía hacer.
Yo estaba en primaria, y creo que por esa ocasión me costó muchísimo entender la fotosíntesis cuando la vimos en clase. En efecto, las plantas eran verdes por la clorofila y era gracias a ella que producían glucosa y, finalmente, energía. Pero no podía ser así, porque entonces entraría en contradicción con un principio irrefutable: el tío Víctor estaba siempre equivocado.
Eso, a su vez, implicaba que mis padres no podían estarlo, porque, a diferencia del tío Víctor, ellos sí sabían lo que decían. Solo quedaba una alternativa: el que lo entendía mal era yo.
En fin, la sombra de mi tío me acosa hasta la fecha. Siempre que discuto sobre algo me resulta inevitable pensar en él y siento que la gente me ve tal y como mi familia lo veía.
Uno siempre corre el riesgo de parecerse al tío Víctor.
Entonces recuerdo cuando mi papá me dijo que los audífonos mataban neuronas porque el sonido mandaba ondas al cerebro y las hacían vibrar. O cuando me dijo que las montañas se formaban porque el viento arrastraba la tierra y con el tiempo ese polvo se solidificaba. O cuando me regañó porque yo insistí que las dimensiones de lo grande, lo mediano o lo pequeño eran subjetivas; fue, a mi manera, lo que entendí de Protágoras —o lo que decía Platón que decía Protágoras, o lo que explicaba no me acuerdo quien de lo que Platón decía de Protágoras: «El hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en tanto que son, y de las que no son, en tanto que no son»—; y mi papá decía molesto que no, que: «las cosas pequeñas son pequeñas y punto, las medianas medianas y las grandes grandes». Tan tan.
Esto me hace pensar que uno siempre corre el riesgo de parecerse al tío Víctor. Mi papá pensaba que yo me parecía a él. Yo pensaba que él se parecía mi papá… No, mi papá se parecía a él y yo me parecía a mi papá. Da igual, en el fondo, ninguno de los dos era —es— tan diferente del tío Víctor.
Pero poco importa si en ocasiones tenía o no razón. El problema no era lo que decía, sino que no era nadie para decirlo. Y eso era lo que nos molestaba.
Con los años descubrí que el síndrome del tío Víctor no era exclusivo de mi familia. A veces lo encuentro en los ensayos que recibimos en la agencia literaria. Como sucede con las novelas, no puedo contar el contenido de lo que leemos, pero sí puedo dar alguna pista. Puedo decir, por ejemplo, que recibí un ensayo sobre Schopenhauer —por mencionar un filósofo de forma más o menos aleatoria— y que este ensayo transcribía El mundo como voluntad y representación, capítulo a capítulo, punto por punto, para supuestamente «dialogar» de forma directa con el original. Era una especie de traducción con cambios mínimos o ideas sueltas a modo de comentarios entre párrafo y párrafo. ¿El verdadero problema? Que la autora/traductora era farmacéutica, por mencionar cualquier profesión. Era, como no podría ser de otra manera, una filósofa autodidacta. Su licencia fue un argumento que, de hecho, no me pareció malo del todo: «La filosofía es una necesidad que le pertenece al mundo, no a las universidades. Este es mi manifiesto intelectual que, si es un lector caritativo, lo considerará como lo que es: literatura», algo así, palabras más palabras menos.
No nos engañemos, esa licencia tenía límites muy claros. Primero, no se trataba de una traducción —porque la tía Víctor no es nadie para traducir una obra tan consolidada en un ámbito tan específico—, pero en gran medida funciobaba como tal, aunque no se dijera. Segundo, se presenta como una obra que «dialoga» desde la literatura con Schopenhauer, sin embargo, no deja de haber una pretensión de contrastar ideas ya discutidas, de entrar en debates abiertos sobre las tensiones internas de la filosofía o sobre interpretaciones de la obra. En suma, se situaba en un terreno que no puede desligarse de la academia, aunque se intente.
Es cierto: la filosofía no le pertenece a las universidades. Como tampoco las matemáticas, la física, la literatura, la historia, la ingeniería, la arquitectura, el diseño, el marketing o el derecho.
El conocimiento no es propiedad de las instituciones, pero negarlas no significa liberarse de ellas: es usar su mismo lenguaje para decir que no se necesitan.
Al querer salir de ellas, ya estás dentro.
Para ser justos con la autora, yo tampoco soy nadie para analizar su trabajo —ay, Dios mío, como se corre el riesgo de ser como el tío Víctor— y, aun así, se me hacía una obra insalvable. Un ensayo sin propuestas relevantes, sin ningún tipo de contraste con otras ideas, sin rigurosidad. Escrito… más bien traducido, a base de intuiciones.
Hace unos años fui al despacho de la profesora de una clase llamada Pensamiento postmetafísico —centrada sobre todo en Heidegger—. Me senté y hablamos sobre el tema de mi tesis. Me explicó algunas cosas que no había entendido y me recomendó bibliografía. No sé cómo ni por qué —tal vez porque me sentí en confianza— le dije que yo había estudiado Literatura. No volvió a ser igual. Recuerdo que me miró, casi sin darse cuenta, de arriba a abajo, con un mohín de asco o desprecio.
Antes del doctorado, ya sabía que esa profesora estaba indignada con el Máster de Filosofía: decía que era —y debía ser— el quinto año de carrera. Le molestaban las preguntas de los rostros que no había visto en cuarto, porque daba por sentado que no venían de Filosofía. Incluso cuando estas venían de alumnos mayores de 65 años que estaban allí por los Programas Universitarios para Personas Mayores.
Si se resignaba a responder, era solo para intimidar.
En una ocasión nos resumió en un minuto, a gritos y con rayones en la pizarra, la metafísica de Aristóteles: «No me sorprende que no hayan entendido nada, de verdad, eh, no me sorprende —dijo/gritó—. Esto tendrían que saberlo desde primero de carrera. Si Heidegger habla de la energeia o entelecheia, e-ner-ge-ia —pronunciaba mientras la escribía en griego—, es porque obviamente, como no podría ser de otra manera, como es lógico, está transgrediendo las nociones aristotélicas desde la pregunta por el ser —«¡Seinsfrage!», escribió— y, en concreto, bajo la noción de alétheia, a-lé-the-ia…».
¿Lo peor? Puede que tuviera razón y, sin embargo, ahí estábamos todos, mirando el mundo a través de nuestros pequeñísimos ojos de cerradura, escribiendo ensayos de quince o veinte páginas y tesis doctorales sobre temas de los que no tenemos ni la menor idea.
Título del Trabajo: La función de la clorofila.
Fecha: 18 de julio de 2025.
Trabajo escrito por: el tío Víctor.
Con todo, quiero rescatar una lección práctica de mi actual directora de tesis. Dice así: «Adolfo, escribe sobre lo que quieras. Tienes dos ventajas: primero, eres muy joven. Aprender para ti es muy fácil. Segundo, los catedráticos intimidan mucho por su título, pero toma siempre en cuenta una cosa: ninguno se acuerda de nada. Vas a hablar sobre temas que leyeron hace años y que ya han dejado de leer».
Me consta. La profesora más competente del departamento de Lógica y Filosofía Teórica —a quien algunos alumnos idiotas consideran una genio— lleva como diez años sin poder pasar de la introducción de Ser y tiempo en clase, la obra principal de Martin Heidegger.
Solo porque se sonroja, se le enreda la lengua, agita una mano al aire al hablar, con el pelo sobre el rostro… y termina repitiendo los cinco o seis temas que se sabe de memoria.
El único error es tomarse demasiado en serio. Uno corre el riesgo de hacer el ridículo
Hay un término muy popular en narrativa para referirse a las novelas con pretensiones pedagógicas o propagandísticas: novelas que buscan «educar» en lugar de problematizar, o «promover» en lugar de exponer y contrastar.
Hablo, obviamente, de las novelas de tesis.
Creo que en otro artículo mencioné, con estas u otras palabras, que una novela es un campo de tensiones: un punto de equilibrio. Escribir es, hasta cierto punto, el arte de la contención. Se pide la falta de pretensión a nivel estilístico, palabras sencillas, frases cortas y claras, imágenes concretas y, además, la contención debe extenderse al contenido.
La primera vez que escuché la categoría «novela de tesis» en la universidad lo dijeron a modo de crítica. En ese momento no entendí —tampoco pregunté— qué quería decir. No tenía claro cómo era posible estudiar los temas centrales de novelas o poemas si estas no tenían una postura. En clase de literatura moderna, por ejemplo, analizamos Las penas del joven Werther: una protesta a la idealización del amor, a la sensibilidad desbordada y, por ende, a la incapacidad de reconciliarse con la realidad. Esos eran los… ¿temas?
¿Y qué pasa con Kafka? ¿Y Borges? ¿Y Cortázar? ¿Y Pirandello? ¿Qué pasa con la figura del padre en la obra de Julio Ramón Ribeyro o Vargas Llosa? Analizamos Un mundo feliz y la pregunta que se puso sobre la mesa fue: ¿se puede ser feliz sin libertad? No solo: ¿cuál es el costo de ser plenamente humano? ¿No es esa novela, acaso, un intento de responder a esas preguntas?
Hay obras con pretensiones ensayísticas más explícitas como El extranjero o La náusea de Camus, El mundo roto de Gabriel Marcel o Ensayo sobre la ceguera de Saramago o Rebelión en la granja o 1984 de Orwell. ¿Son modelos ejemplares de lo que es una novela de tesis? ¿Son malas? ¿Por qué esas y no todas?
Paul Ricoeur dice que todo discurso implica un juicio. De hecho, que toda interpretación es un acto de mediación y, a su vez, una decisión. Cuando interpretamos un texto, hacemos una elección de sentido que no es objetiva, sino una toma de posición y, por tanto, un juicio. Si lo pensamos a nivel cotidiano, incluso narrar nuestra vida, al contar quiénes somos, siempre seleccionamos y atribuimos sentido. La narración no es un espejo de lo real, sino una forma de juzgar qué importa. El lenguaje mismo es ya tomar partido: no hay neutralidad si decimos «robó», «mintió», «confío en él/ella», «creo», «pienso», «hay», «es de tal o cual manera» o, simplemente, «es».
Yo sé, juicio y tesis son conceptos cercanos, pero no equivalentes. Sin embargo, parto de la base de que toda tesis es, sin más, un juicio sostenido.
Con todo lo dicho, entonces, ¿qué no sería una novela de tesis? No en este sentido rebuscado, sino en uno más obvio, el que, al fin de cuentas, usaban en la universidad.
Antes de nada, tengamos en cuenta una cosa: ¡el único error es tomarse demasiado en serio!
Una novela que no es de tesis es aquella que no tiene arco ideológico, ni personajes, ni diálogos o símbolos que encarnen posturas éticas o políticas. Hay juicios, eso es inevitable, pero no buscan imponerse. No hay moralejas ni lecciones. La novela puede tener temas, pero cada uno es igual de importante, incluso cuando son contradictorios. Esto pone en un aprieto al lector —sobre todo al académico—, porque tiene que elegir o, peor, aceptar la pluralidad.
Escribir una novela de tesis es como dar un consejo sin que nadie te lo haya pedido. Como confesar algo que a nadie le importa. Como pegarle a un hijastro. Como regañar a un niño ajeno en la calle. Como mostrar una foto de tu perro. Como tirarse un pedo por la boca. Mendigar reconocimiento y validez. Validez en general. Un tipo de validez.
En cambio, cualquier escena o argumento pueden salvarse con un toque de ironía, con una sombra cruel, una burla o un juego ingenioso de palabras —y que el lector decida lo que significa—.
No hay que tener razón. Recuerde, no puede tenerla. Nadie puede. Así es, es así. Por obvias razones.
¿Se da cuenta? Al final, todos escribimos desde algún rincón del síndrome del tío Víctor.




Excelente artículo, para alguien como yo que pontifica todo el tiempo no puedo sentirme menos que representado en este desarrollo. Vengo de una generación a la que se le pedía justificar todo lo que uno decía, y en la transición a los tiempos actuales en los que la retórica es reemplazada por la aprobación popular (=likes+seguidores), la capacidad de ser estandarte de la verdad muchas veces va de la mano con el marketing de la idea, por sobre la idea que se expresa. Aunque esto no es novedoso, la diferencia entre (por ejemplo) Séneca y el Tío Victor no es más que la suerte de haber sido un gran influencer el primero, y víctima de trolls familiares el segundo, más o menos lo que puede ocurrir en internet hoy en día si fueran contemporáneos y se expresaran a través de TikTok. De hecho, hasta puedo visualizar a Séneca como un señor similar a un farmacéutico opinando sobre la vida y costumbres de la época, casi como una charla de café ¿lo puedo considerar un filósofo? No pudo estudiar nunca a Sartre, Russell, ni siquiera a Spinoza, porque aún no existían; no era más que una especie de Tío Victor de Paulino, a quién le dedicó unas cartas como por ejemplo en su “Sobre la brevedad de la vida” que no tienen más validez que una serie de reflexiones dignas de una persona sensata. Puro sentido común xD, pero que tuvo la gran suerte de encontrar más likes que detractores. Hasta me dan ganas de escribir ensayos a mi también, así de inspirador es este artículo. Mis saludos y respetos al Tío Victor, si es posible dárselos.